La fiesta es el momento en el que el tiempo cambia, se tuerce, se desvía de su camino ordinario. Es el momento en donde somos todo lo que normalmente no podemos ser. Los órdenes que la vida cotidiana ha establecido se invierten y el bufón, por un instante suspendido, se vuelve rey.
Una botella de vino compartida después de una rutinaria jornada laboral. Un abrazo con un desconocido que viste los mismos colores en un estadio. El cumpleaños número 90 de la abuela, con sus nietos celebrando el camino que construyó. Estos instantes nos transforman y nos sacan de nuestras realidades. Esos momentos, si lo pensamos bien, también son una fiesta: desdibujamos los límites que nos separan del resto y nos sumergimos en algo más grande.
Como equipo de Ediciones Nueva Documentas seleccionamos una serie de obras que nos recuerdan a la fiesta en cualquiera de sus sentidos: celebración, comienzos, despedidas, rituales y reuniones. Los invitamos a unirse a la fiesta y a preguntarse: ¿qué ocurre cuando dejamos de ser quienes somos todos los días?



Los muertos
James Joyce, 1914
«Pero aun así —continuó Gabriel, con un tono de voz más suave—, en reuniones como esta siempre nos asaltan pensamientos tristes: recuerdos del pasado, de la juventud, de los cambios, de los rostros ausentes que echamos de menos esta noche. Nuestro camino por la vida está plagado de recuerdos tristes; y si nos detuviéramos a reflexionar sobre ellos constantemente, no encontraríamos la fuerza para seguir adelante con valentía en nuestra labor entre los vivos. Todos tenemos deberes y afectos que exigen, y con razón, nuestros mayores esfuerzos».
James Joyce, «Los muertos» (1914).
La fiesta como invocación a la memoria
Toda celebración es también una llamada a los ausentes. En el corazón de la reunión más cálida y concurrida habita un espacio para la nostalgia: el contraste entre la vida presente que se celebra y la sombra de quienes ya no están. La fiesta no solo reúne a los vivos alrededor de la mesa, sino que funciona como un rito silencioso para convocar la memoria, recordar la juventud ida y comprender que la alegría y el duelo conviven en la misma copa.
La danza
Henri Mattise, 1909
El rito ancestral y la fuerza del cuerpo colectivo
La fiesta en su expresión más pura y primitiva: un círculo de figuras unidas por las manos que giran sobre una colina. Aquí no hay disfraces ni salones; la celebración es puro movimiento, ritmo y energía compartida. El baile funciona como un rito ancestral donde los cuerpos pierden su individualidad para convertirse en una sola fuerza en movimiento. La fiesta, en su esencia más antigua, es ese trance colectivo que nos conecta con la tierra, el instinto y el gozo primario de estar vivos.
Coronación
José Donoso, 1957
«Ambas criadas, livianas como el aire, aladas e ingrávidas, comenzaron a danzar. Se pavoneaban, riéndose a carcajadas, dando pequeños brincos, haciéndose saludos mutuos, reverencias, genuflexiones, agitando los brazos, las manos, contoneando sus cuerpos como bayaderas…».
José Donoso, «Coronación» (1957).
El trance y la liberación del cuerpo
La fiesta tiene el poder de alterar la gravedad cotidiana. A través del baile, el cuerpo se despoja de sus ataduras habituales y entra en un estado de ligereza y juego absoluto. En el movimiento compartido, la risa y la danza, las normas sociales se suspenden momentáneamente para dar paso a la catarsis, a la libertad del gesto y al gozo de habitar el instante sin más propósito que el propio festejo.
Woodstock
Burk Uzzle, 1969
La multitud, el refugio y la catarsis generacional
La icónica imagen de la pareja abrazada bajo una manta, rodeada por un mar de personas al amanecer, sintetiza la fiesta como un refugio comunitario. Lejos del ruido del escenario, la fotografía capta la calma tras el exceso y la complicidad de quienes han compartido un mismo ritual. En las grandes concentraciones, la celebración deja de ser un simple evento para convertirse en un espacio sagrado temporal: una micro-sociedad donde la utopía, la música y el anonimato ofrecen cobijo frente al mundo exterior.
La máscara de la muerte roja
Edgar Allan Poe, 1842
«Antes de que los últimos ecos de la última campanada se hubieran hundido por completo en el silencio, muchos individuos entre la multitud habían tenido tiempo de percatarse de la presencia de una figura enmascarada».
Edgar Allan Poe, «La máscara de la muerte roja» (1842).
La máscara y la ilusión frente al tiempo
Bajo el disfraz y la música, la fiesta erige un refugio contra el mundo exterior. Sin embargo, la máscara no solo sirve para ocultar la identidad o transgredir la rutina; también es el escenario donde lo inevitable se infiltra sin aviso. Entre el estruendo de la multitud y el anuncio de las horas, la celebración revela su fragilidad: ese intento humano de congelar el tiempo y ahuyentar a la sombra, aun sabiendo que el reloj nunca se detiene.
El Carnaval del Arlequín
Joan Miró, 1925
El juego, lo grotesco y la lógica del sueño
En el universo de Miró, el carnaval no ocurre en las calles, sino en el espacio de la mente y la imaginación. Objetos, insectos, formas híbridas y notas musicales cobran vida en una celebración donde las leyes de la física y la razón quedan suspendidas. La fiesta aparece aquí como una grieta en la realidad cotidiana, un territorio de juego y metamorfosis donde las máscaras no solo cubren el rostro, sino que transforman todo lo que nos rodea en un espectáculo poético y caótico.
Poema sin nombre en "Invertebrada"
Daniela Catrileo, 2017
Pensé que podríamos juntarnos
ir a una fiesta
donde nadie nos conozca.
Cantar un cumpleaños,
bailar con el abuelo de alguien,
comer algo de torta
y fingir conocernos por sorpresa.
Daniela Catrileo, Poema sin nombre en «Invertebrada» (2017).
El anonimato y la invención del encuentro
Sumergirse en una multitud donde nadie sabe quiénes somos es una de las mayores libertades que ofrece la fiesta. El espacio público o la celebración ajena se convierten en un escenario de juego donde es posible reinventarse, entrelazar la propia vida con la historia de desconocidos y habitar la ficción por una noche. La fiesta, así, deja de ser solo un evento para transformarse en un refugio de complicidad y juego compartido.
Nuestra señora de las iguanas
Graciela Iturbide, 1979
Lo sagrado profano y la víspera del banquete
Iturbide retrata la fiesta en sudimensión mítica y cotidiana a la vez. Zobeida Díaz lleva sobre su cabeza unacorona viva de reptiles,transformando un elemento del mercado popular en un tocado ceremonial. La imagen no muestra el baile ni el bullicio, sino la dignidad ritual de la preparación y la soberanía de la mujer que sostiene la tradición. Es lafiesta entendida como mito, como la sacralización de lo profano y como el instante suspendido dondela comunidad se prepara para el encuentro y el banquete.
La noche de los visones
Pedro Lemebel, 1996
«Al correr la farra con nuevas botellas de pisco y garrafas de vino que mandaron a comprar las regias, los matices sociales se confundieron en brindis, abrazos y calenturas desplegadas por el patio engalanado con globos y serpentinas».
Pedro Lemebel, «La noche de los visones» (1996).
El exceso y la disolución de las fronteras
En el punto más alto de la celebración, las diferencias que dividen a las personas durante el día se disuelven en el alcohol, el abrazo y el calor colectivo. El espacio ornamentado con serpentinas se transforma en un territorio libre donde el deseo, la fraternidad y el desenfreno nivelan a todos los presentes. La fiesta demuestra aquí su carácter transgresor: una hoguera común donde las jerarquías se queman para dar paso al encuentro sincero y desmedido.